Un eco de luz en el adoquín: La mirada del Pastor y el sentir de un alma libre.
Sentir nostalgia por el paso del tiempo es inevitable, pero hay jornadas que logran detener las agujas del reloj para siempre. Ayer, nuestras queridas y señoriales calles de San Cristóbal de La Laguna y la vibrante Santa Cruz no solo se vistieron de gala; se llenaron de una atmósfera inefable. La histórica visita de Su Santidad el Papa León XIV ha dejado una huella indeleble en la piedra, en el aire y, de manera muy especial, en el tejido mismo de mí.
Cualquier alma curiosa que osara buscar mi fe en los archivos parroquiales perdería el tiempo con prestreza; no hallaría certificado de bautismo alguno que me ligue a los dogmas tradicionales. Sin embargo, los sentimientos son templos íntimos y soberanos; a nadie se le puede marcar el territorio de lo que una vivencia es capaz de provocar en su interior. Y a mí, este Papa me ha conmovido.
Verle recorrer nuestra tierra, con esa paciencia infinita ante el fervor de miles de almas que anhelaban su santa bendición, fue un recordatorio de lo que significa la verdadera nobleza del espíritu. En cada gesto, en cada mirada esquiva que se tornaba encuentro. Su Santidad derramó una humildad que desarma. Para alguien como yo, que en más de una ocasión ha caminado por la vida sintiendo el frío de no encajar o de no ser plenamente acogida, ver cómo su figura nos abrazaba a todos sin distinción fue un bálsamo inesperado. A través de él, de algún modo, todos nos sentimos cobijados bajo un mismo manto de luz.
Como lagunera que percibe el mundo a través de un filtro diferente - donde los estímulos a veces saturan y el entorno puede tomarse abrumador y confuso -, la cercanía del Pontífice fue un remanso de quietud. Por ello, desde mi rincón, elevo una muda pero firme plegaria de gratitud:
Gracias, Padre León XIV, por traer luz a nuestras calles. Fue emocionante poder escucharte y sentirte desde tan cerca, tu mirada, tu cercanía, tu humildad es especial. El doce de junio de 2026 será inolvidable para siempre. Gracias por recorrer mis calles laguneras y chicharreras, llevando a todos su bendición, dejándolo todo bendito y lleno de luz. Acercándote a quienes más lo necesitan, y a todos. No te olvides de la realidad de esas personas con las que estuviste tan cerca, pero, por favor, cuando regrese a Roma, no se olvide de nosotros. No olvide a nuestros colectivos de divergencia, Trastorno del Espectro Autista (TEA); a quienes procesamos la existencia con una intensidad distinta, diferente, a veces demasiado estimulante o confusa. Gracias por visitarnos y compartir con todos nosotros, gracias por sentir nuestra tierra, gracias por todo. Su bendición también es nuestro faro.
Coexisten en este ancho mundo infinitas maneras de creer, de pensar y de vivir. Mi viaje consiste en seguir aprendiendo de cada una de ellas, con el profundo respeto de saber que ninguna verdad aminora la belleza de la otra. Ayer aprendí que la fe, cuando se viste de humanidad y humildad, no entiende de registros oficiales, sino de miradas que sanan.
Con cariño,
Lady Lacunensis Europaspy



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