C ruzar el umbral de ciertos rincones de La Laguna es, a menudo, un ejercicio de suspensión temporal. Mientras las manecillas invisibles de la ciudad siguen avanzando sobre los adoquines, en el interior de un viejo caserón o en la penumbra de un comercio tradicional, o en alguna esquina antigua de las casas, un objeto silencioso nos desafía. En ese reloj iba el andar del tiempo del pasado que se ha parado definitivamente en el presente. Una caja de madera, con un péndulo roto que se paró definitivamente hace mucho tiempo. El péndulo paró, pero el tiempo no para nunca, siempre incesante. Para quienes percibimos el mundo con una intensidad diferente, donde los ritmos externos a veces resultan abrumadores y las pausas son un refugio necesario, observar ese silencio resulta magnético. El contraste es absoluto: fuera, la prisa de la vida; dentro, la quietud absoluta de un engranaje cansado. Porque el tiempo no se encapsula ni para siquiera en esa cajita de madera con número...