El eco en el adoquín: Cuando la música sacude La Laguna

 ¿Se puede medir el pulso de una ciudad a través de las piedras que pisamos? Nosotros, que caminamos habitualmente por la plaza del Cristo sabemos que es un espacio que respira una solemnidad a veces casi monástica. Flanqueada por sus históricos soportales y custodiada por el Santuario, la plaza invita al recogimiento, entre el silencio solo roto por el murmullo que baja de Las Mercedes y el ajetreo mañanero de La Recova. 

Esta semana, el espacio volverá a transformarse una vez más. La quietud y la rutina darán paso a la percusión y a la música, y el aire fresco de nuestra Aguere se llenará de un calor inusitado. Para quienes percibimos el mundo con una intensidad diferente, esta metamorfosis no es solo un evento cultural, es un auténtico viaje sensorial. 

La perspectiva sensorial y el contraste

Para una mente autista y con TDAH, los cambios de ambiente no ocurren en la periferia: se sienten en el cuerpo. Pasar de la rigurosa disciplina del canto en conservatorio de todo el año - donde cada nota busca su lugar en un espacio acústicamente controlado -, a la intensidad de una plaza vibrando al unísono, es un choque de realidades fascinante. 

La música en espacios abiertos no solo se escucha, se padece y se disfruta a través de la piel. El repique de los intrumentos no se queda en el aire: viaja por el subsuelo, trepa por tus zapatos y reverbera en los adoquines centenarios. Es una marea de estímulos donde el orden habitual de la ciudad se disuelve. Las luces, el murmullo de la multitud que aguarda y la energía de los ritmos latinos saturan los sentidos, pero también ofrecen una extraña y vibrante forma única de conexión con mi amada música. La Laguna, por unas horas, deja de ser la ciudad de los conventos y los blasones para convertirse en un organismo vivo que late a un mismo tempo musical. 




No es la primera vez, desde luego, ni la última, que este gran llano lagunero se convierte en el epicentro de la emoción colectiva. Desde que fuera configurada en el siglo XVII como un gran espacio abierto para ferias, mercados y desfiles militares, la Plaza del Cristo ha sido el escenario de las mayores transiciones de la ciudad. Lo que hoy vivimos como un estallido de ocio contemporáneo es, en realidad, la continuación de su herencia: un lugar diseñado para que el pueblo se encuentre, se mezcle y comparta el ritmo de su propia época. 

Al volver a casa, cuando el silencio nocturno de La Laguna recupere su trono y el frío vuelva a asentarse en las esquinas, sabremos que el eco de esa vibración musical nocturna permanecerá en nuestros pasos durante días, al igual que el recuerdo histórico de la visita de SS León XIV todavía permanece impregnado en sus calles.

Y tú, mi estimado lector, ¿Has sentido alguna vez cómo la música altera el espacio que creías conocer? ¿Te has detenido a escuchar cómo vibra el suelo bajo tus pies cuando la ciudad decide romper su propio silencio? 

Comentarios