El arte de observar el ayer en los ojos de hoy: Secretos barrocos de la Casa Riquel


 A veces, el mejor destino de un paseo por La Laguna no es el lugar al que nos dirigimos, sino el rincón que nos obliga a parar. Ayer, en medio del murmullo de la calle de La Carrera, decidí regalarme un ratito para contemplar una fachada por la que siempre paso. Me senté frente a ella, la que ha visto pasar los siglos y, por un instante, el tiempo se detuvo. Estaba ante la majestuosa Casa Riquel. 

Detenerse a observar es, en estos tiempos veloces, un acto de resistencia. Como lagunera, caminar por estas calles es reecontrarme constantemente con distintas versiones de mí misma. Sin embargo, para quienes percibimos el mundo con una intensidad diferente -a través del filtro del autismo y el TDAH-, los estímulos urbanos pueden llegar a ser abrumadores. Por eso, encontrar un punto de anclaje visual, un monumento que invite a la contemplación pura, es un bálsamo para el alma. 

Ayer, mi refugio fue este inmueble señorial del siglo XVIII, finalizado hacia 1721. Mandado a construir por el corregidor Jerónimo de Albanés y Fonte, el edificio es un testimonio vivo del barroco canario con una fortísima influencia clasicista en su imponente portada de piedra basáltica. 

Al mirar hacia lo alto, es imposible no perderse en los detalles de su escudo de armas tallado. El blasón, dividido en cuarteles, nos habla de alianzas, poder y genealogía: las armas de Albanés, de noble origen genovés, y las insignias de los Fonte, un linaje clave en el entramado tinerfeño. En su época, este emblema no era un simple adorno; era un símbolo de preeminencia social y autoridad legal visible para cualquiera que transitara la vía pública. Hoy, despojado de esa antigua soberbia, se ofrece ante nosotros como una hermosa escultura que dialoga con el cielo de Aguere. 

Imaginar su interior es viajar a la estructura más noble de nuestra arquitectura. Tras el zaguán de piedra se esconde su núcleo organizativo: un patio principal cuadrangular donde las galerías de la planta alta descansan sobre sus pies derechos de madera de tea, rematados con zapatas de tradición mudéjar. Hay un ritmo casi musical en la disposición de esas maderas y columnas. 

Y es que, La Laguna guarda siempre dos historias paralelas: la histórica, rigurosa y monumental, plasmada en sus blasones y en su catálogo de Protección Integral de la UNESCO; y la íntima, la que construimos cada uno de nosotros cuando nos sentamos en una acera a contemplar el relieve de una piedra, haciendo que un monumento del pasado forme parte, para siempre, de nuestro presente. 

¿Cuándo fue la última vez que te detuviste a mirar verdaderamente una fachada por la que pasas todos los días? Te invito a que, en tu próximo paseo por La Laguna, rompas el ritmo de la prisa, y dejes que sus piedras te cuenten su propia melodía barroca. 

¿Qué rincón de la ciudad te hace sentir en casa? 

 

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