¿Se puede sentir nostalgia y una inmensa gratitud al mismo tiempo y en el mismo trozo de suelo lagunero?
Hay plazas que se recorren con los pies y otras que, sencillamente, se habitan con el corazón. Para una lagunera, cada rincón de esta ciudad guarda un fragmento de su propia historia, una versión de sí misma que aguarda pacientemente en una esquina o bajo la sombra de un árbol. Ayer, a las seis de la tarde, la Plaza del Santísimo Cristo de La Laguna o de San Francisco dejó de ser solo un escenario de mis recuerdos cotidianos para transformarse en el testigo de mi voz, de nuestro arte escénico.
En el marco del Planet Fest, nos subimos a las tablas. No era el escenario más colosal del mundo, ni la plaza estaba abarrotada por esas hileras interminables de sillas que solemos ver en las grandes fiestas tradicionales. Sin embargo, la atmósfera poseía esa intimidad dorada que solo los encuentros genuinos saben regalar.
Allí estaban ellos, rostros queridos, presencias inesperadas que iluminaron el espacio y que me recordaron por qué el arte cobra sentido cuando se comparte. Al cantar, sentí cómo el aire de Aguere sostenía cada nota, uniendo el rigor técnico y la disciplina que mis maestros me inculcan cada día con la emoción de saberme en casa.
El teatro y la música no son para mí meras disciplinas, son el filtro absoluto a través del cual proceso el mundo y me conecto con él, una maravillosa e intensa forma de experimentar la realidad. Ayer, Los guardianes del escenario volvieron a brillar, recordándome que cuando la pasión es sincera, no existen escenarios pequeños.
¿Has experimentado alguna vez la extraña y hermosa sensación de hacer algo que amas en el mismo lugar que te vio crecer? Te leo en los comentarios.
Con cariño,
Lady Lacunensis Europaspy

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